19.5.11

Rarezas gatunas

Tener gatos es sinónimo de vivir un sinnúmero de situaciones que no sabes cómo definir por lo peculiares que son.

Ocurre por ejemplo que te dejas el armario semiabierto y cuando vas a guardar dentro lo que sea te encuentras de pronto dos ojos verdes brillando en la oscuridad y te llevas el susto del siglo. Esto es típico de Edgar. Al ser negro, se camufla perfectamente entre las telas oscuras y en un fondo de armario ni os cuento. Es por esto que a veces casi lo llegas a aplastar sin querer cuando te sientas en el sofá o te llevas un susto de muerte porque de pronto ves que algo que se supone que no estaba ahí empieza a moverse.

Ocurre que te aseguras perfectamente de dejar todos los armarios cerrados... y entonces tus gatos aprenden a abrir las puertas. Flipa. O aprenden a abrir ventanas. Alucina. Y tienes que andarte con mil ojos y ponerles trabas porque si no te vuelves loca pensando en que se van a abrir la cabeza.

Ocurre que estás en un estado de semiensoñación-semivigilia y de pronto un gato se sube a tu cama de un salto mortal y a ti por poco te da un síncope.

Ocurre que tu gato está en el pasillo y de pronto se pone a perseguir cosas invisibles. Y te acojonas y piensas: bueno, ¿qué es lo que está viendo él que no estoy viendo yo?

Ocurre que tienes un gato que adora el agua -Fiodor- y lo descubres cuando el gato, llevado por su curiosidad infinita, se asoma al cubo de la fregona lleno de agua y de lejía y se cae dentro.

Ocurre que te das cuenta de que tienes que limpiar la casa cuando tus gatos empiezan a jugar con las pelusas.

Ocurre que se ponen a maullar desesperados y no sabes por qué.

Ocurre que los gatos se pasean por el teclado de tu ordenador y le mandan cosas incomprensibles a tus amigos por chat, o por correo... o no se lo mandan a tus amigos. Se lo envían a esa persona con la que no te hablas desde hace tres meses y que de pronto te responde preguntándote que qué coño quieres, que si le estás tomando el pelo. O escriben cosas que dan miedo. Edgar escribió en cierta ocasión: lo se. Y lo miras y él te está mirando fijamente y le preguntas: ¿y qué sabes, eh, cabrito?

Ocurre que estás jugando con Darwin tirándole una pelota y el gato, de pronto, se sube por la pared y hace un salto mortal. Y tú te quedas... O.O hostia...

Ocurre que tienes la costumbre de, cuando limpias la casa, lavar también a los gatos. Así todo está limpio. Pues bueno, es verte con la fregona y el cubo y ellos desaparecen. Cabrones.

Ocurre que tienen la mala costumbre de ponerse detrás de ti. Y les pisas el rabo, les haces daño sin querer, te pegas un susto... Y ya está liada, porque los gatos son MUY rencorosos.


Si hay algo claro... es que tener gatos, a base de sustos, fortalece el corazón. Dicen que alivian el estrés, pero yo no sé si creérmelo...


1 comentario:

Guillermo Loaysa dijo...

Lo que ocurre es que, en el fondo, son unos cabrones... Pero cómo se les quiere a los jodidos.